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Daniela + Drew

Este amor se parece al realismo mágico. Este amor se parece a encontrar el amor. Este amor, que tiene a la naturaleza tan dentro, que es liviano como el viento y fuerte como las raíces… Este amor merece la eternidad y un día más.

Daniela es colombiana, vive en Estados Unidos desde que es una niña, desde que tiene doce años. Drew es estadounidense. Se conocieron hace más de diez, en una clase de ciencias ambientales. Para él fue eso que llaman “amor a primera vista”. Para ella, un recuerdo efímero. Después de ese día, tres años después, volvieron a encontrarse. Esta vez para entender que dos personas como ellos dos no se cruzan por casualidad y sí porque a veces la vida sabe poner a soplar el viento en la dirección que es: el amor les ha alcanzado para acampar en medio de la nada, viajar, aventurarse y para emprender www.lazybeartea.com, una marca de tés hechos a base de la cereza del café.

El amor les ha alcanzado para que un día en un muelle en Martha’s Vineyard, Daniela le rapara la cabeza a Drew a causa de una quimioterapia que le hicieron. El amor les ha alcanzado para sanar, para caminar. Y también, para que en ese mismo muelle, Drew le prometiera que el amor les alcanzaría para mucho más.

LOS ANILLOS

El de compromiso fue un anillo hecho con joyas reutilizadas, como declaración a su cariño por la naturaleza, a su compromiso con ella, al respeto por el medio ambiente. El de matrimonio fue una réplica de uno que encontraron en una excavación arqueológica de los indígenas de Quimbaya: una pieza precolombina, porque este amor lleva arte en sus venas. Para él, unas mancuernas (también precolombinas), porque este amor es para compartir más que la vida.

LA INSPIRACIÓN

Aunque no buscaron algún concepto, el realismo mágico, aquel que Gabo imaginó, escribió y contó, terminó envolviendo esta celebración, que fue más colombiana que estadounidense, porque a Drew esta cultura folclórica, silvestre y contradictoria lo enamoró. Porque la mayoría de invitados eran extranjeros y era la oportunidad de que se llevaran un poco de esta vida tropical. Porque este país sabe a café y ellos lo saben. Porque si de raíces hablamos, las de Macondo son férreas y eternas.

LOS LUGARES

Hubo tres lugares. Tres momentos. Tres celebraciones. La primera fue en Cantina y Punto, en Bogotá, uno de los restaurantes preferidos de los dos. Allí la dicha llegó en forma de discursos de amigos, de mariachis (sorpresa), de guacamole, de tacos de camarón, de langostinos y de margaritas, de fotos desde que eran pequeños (una costumbre muy estadounidense). Llegó en forma de compañía, de diversidad, de un amor que sabe bailar al ritmo del otro.

LA CEREMONIA

No sorprende que el lugar elegido haya sido el Museo El Chicó. La arquitectura colonial y la naturaleza hablan por ellos. Las orquídeas, bromelias, epífitas, la fauna colombiana que decoró el arco del altar, hablan de una esencia colorida y natural.

Los casó Anna, una muy buena amiga de ambos, que entiende que creen en mucho y en poco a la vez; que son espirituales, pero no religiosos; que les importa lo que representan como pareja y, también, como individuos; que la vida no está hecha de tradiciones y reglas sino, más bien, de coraje y riesgo. Querían una ceremonia sincera, que fuera de ellos. De ellos y de los que tanto quieren. Por eso, trabajaron en equipo, escribieron todo juntos, se inventaron la forma de hacerla a su manera, de compartir los votos con todos, de hacer que ese amor alcance para siempre.

LA FIESTA

Segunda celebración. Segundo lugar. Segundo momento. Andrés Carne de Res, de Chía. Entre las ideas de Drew estuvieron una chiva para llegar hasta allá y unos ponchos y sombreros vueltiaos para sus amigos. Los famosos “mandarinos” y uno que otro mojito le pusieron sabor a la fiesta que se llama Daniela + Drew. Hubo carne al trapo, salmón y verduras. Merengón, mousse de maracuyá y postres de chocolate con café. Hubo, por supuesto, en medio de la hora loca que se convirtió en Carnaval de Barranquilla, empanadas, arepas de chócolo, yuca y todo lo que en una picada colombiana no puede faltar. Hubo fiesta. Hubo dicha. Hubo Macondo hasta las tres de la mañana.

EL VESTIDO

Su espíritu libre, su gusto por lo natural, su profundidad hablan de lo que ella es por dentro, pero también de lo que muestra por fuera. De ahí que no quisiera verse disfrazada, que no quisiera sentirse siendo otra. Le escribió a Carolina Vélez, de Oropendola, y supo —supieron las dos— que habían encontrado una nueva historia.

HABLA LA DISEÑADORA

Para Caro, diseñar un vestido con la esencia de Daniela fue contar quién es ella: esas ganas de rescatar su país, de sentirlo cerca a pesar de vivir por fuera tanto tiempo, de resaltar el trabajo manual, ancestral y artesanal. Ocho meses fueron suficientes para crear dos piezas: el vestido que usó en la ceremonia y el que lució en la fiesta.

El primero tenía una prenda superior tejida a mano en cordón a base de algodón, con un proceso de resina para una apariencia brillante, entrelazado con apliques en latón, aleación de cobre y zinc con baños en oro. La prenda inferior estaba compuesta por dos faldas: una en gamuza y otra en tul. Para la fiesta se quedó solo con la de gamuza y con una prenda superior negra.

Crear Oropendola y saber que hay personas que se conectan con ese proyecto, donde lo hecho a mano tiene un valor emocional, donde tejer es amar, donde las manos son arte, es la recompensa que la vida le presta a Caro para hacerla inmensamente feliz. Encontrarse con Daniela fue un camino grato, donde las esencias de las dos estuvieron muy cerquita.

Daniela y Drew - Vestido de Oropéndola

Daniela y Drew - Vestido de Oropéndola

Daniela y Drew - Vestido de Oropéndola

 Para Caro, de Oropendola, diseñar un vestido con la esencia de Daniela fue contar quién es ella: esas ganas de rescatar su país, de sentirlo cerca a pesar de vivir por fuera tanto tiempo, de resaltar el trabajo manual, ancestral y artesanal

Daniela y Drew - Vestido de Oropéndola

Daniela y Drew - Vestido de Oropéndola

 

EL EJE CAFETERO

Tercer lugar. Tercer momento. Tercera celebración. Cuando los nervios y la emoción pasaron a un segundo plano, cuando ya habían celebrado el amor con todos los que aman, cuando la fiesta terminó y entonces quedaron ellos dos, se fueron para el Eje Cafetero. Ese paisaje que tanto admiran, ese olor que tanto les gusta, esos colores que tanto los alegran. En un jeep viejo se fueron a “puebliar”. A que Moni, de Meme Historias, les retratara tanta dicha, tanta serenidad, tanta vida. Vestidos de novios, pero sin la ansiedad en la garganta, el amor les alcanzó para disfrutar a un ritmo lento.

Para los juiciosos, que leen hasta el final, todas las fotos en forma de recompensa. Le agradecemos a Móni por compartirlas con nosotros y la felicitamos porque SE LUCIÓ con este matri. En mayúsculas.

LA LUNA DE MIEL

Después de Macondo, está la Península de Osa, en Costa Rica. Allí donde la biodiversidad no tiene límites y la vida de aventura está cerquita, pasaron dos semanas de lunas. Visitaron proyectos de conservación, durmieron en camarotes en un parque nacional y descansaron en una casita frente al mar.

Solo nos queda por decir, que ese libro que les dieron a los invitados como recordatorios, con dedicatorias personalizadas, que es el mismo libro que escribió Gabo y quiso llamar Cien años de soledad, siempre les recuerde que Colombia a veces se parece a Macondo y que el amor de ustedes, alcanza para cien años más.

Artículo tomado de La Libreta Morada.

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